Después de sucesos de alto impacto como (por ejemplo) los atentados del 11S (2001) o la crisis financiera global (2008) calificados como Cisnes Negros, con la irrupción del coronavirus Covid-19, entra de nuevo en escena el fenómeno o teoría del Cisne Negro (Black Swan). Esta teoría fue postulada por el filósofo, investigador, matemático y economista (entre otras muchas ocupaciones) norteamericano de origen libanés Nassim Nicholas Taleb en su libro The Black Swan (2007-2010). Se utiliza para describir aquellos riesgos desconocidos e indefinidos que permanecen ocultos, los cuales dan lugar a acontecimientos considerados como altamente poco probables, impredecibles, pero no imposibles. Se emplea para aquellos actos imprevistos de impacto socioeconómico extremo y de predictibilidad retrospectiva, es decir, que una vez transcurridos, los datos (la información) existentes prueban que se podrían haber evitado.

Nassim N. Taleb, siguiendo la escuela de David Hume, Bertrand Russell y otros escépticos modernos, introdujo en el imaginario animalario la sombra del Cisne Negro bajo la cual se oculta un hecho inquietante: la historia, la realidad y nuestros esquemas de proyección no son lineales, planeados u organizados; la relación de linealidad típica de la ciencia -causa y efecto- se pierde, dando lugar en la población a desorientación, sorpresa e incluso miedo ante lo desconocido. Aunque lo queramos así, la realidad no está unificada para nuestra compresión.

¿Por qué lo llama Cisne Negro?

Nassim N. Taleb dice: “Antes del descubrimiento de Australia, las personas del Viejo Mundo estaban convencidas de que todos los cisnes eran blancos, una creencia irrefutable pues parecía que las pruebas empíricas lo confirmaban en su totalidad”. Pero después de que una expedición holandesa descubriera en 1697 cisnes negros (a causa de una mutación genética “espontánea” compleja) en Australia Occidental, el término se transformó para denotar que una imposibilidad percibida podría ser refutada más tarde.

“Rara avis in terris nigroque simillima cygno”

Si nos remontamos en el tiempo, la referencia más antigua que se conoce proviene de una expresión latina a partir de una descripción pronunciada por el poeta romano Décimo Junio Juvenal (S. I-II d.c.): “Rara avis in terris nigroque simillima cygno” (6165) cuya traducción en español significa «Un ave rara en la tierra, y muy parecida a un cisne negro». La frase de Juvenal era utilizada como una declaración de imposibilidad. De ahí el viejo dicho inglés, muy común en el Londres del siglo XVI, el cual expresa que cuando algo era imposible que pasara, se decía que era tan improbable como la existencia de cisnes negros. Sin embargo, lo improbable, a veces es posible.

“Unknown unknowns”

He aquí la anécdota: En vísperas de la Guerra del Golfo (1990-1991), el ex Secretario de Defensa de EE.UU. Donald Rumsfeld popularizó la frase “Unknown unknowns” en alusión a “lo que no sabemos que no sabemos”, en relación a las incógnitas desconocidas, la importancia de tener en cuenta los aspectos imponderables y las lagunas por aclarar en nuestro conocimiento. Aquello que no sabemos que no sabemos son esas nuevas averiguaciones por descubrir, porque en ellas se encuentran las ventajas competitivas. Y a menudo desconocemos que no lo sabemos, porque simplemente no nos hemos hecho la pregunta adecuada; la pregunta clave para minimizar el grado de incertidumbre en la que nos hallamos inmersos.

Grey Rhino vs. Black Swan

Respecto a la pandemia del Covid-19, ésta también se ha intentado identificar como un Cisne Negro por parte de algunas voces, pero el propio Nassim N. Taleb lo ha rechazado al considerar que no cumple con los requisitos de su teoría. Lo que más molesta al académico es que se considere un Cisne Negro cuando en 2007 definió a la globalización como la razón suficiente para anticipar un «virus agudo muy extraño que se propaga por todo el planeta». Otros analistas tampoco la califican como tal, sino como otra metáfora de lo inesperado pero con distinto animal: el Rinoceronte Gris (Grey Rhino), la cual se utiliza para identificar amenazas evidentes y altamente probables pero desatendidas u omitidas.

Black Elephant vs. Black Swan

Según una entrevista al consultor especializado en prospectiva, estrategia e inteligencia, actualmente director de investigación del Center for Postnormal Policy & Futures Studies, Jordi Serra del Pino, éste afirma que “No puede ser un Cisne Negro una cuestión que ha estado ampliamente anticipada. Hace años  que se sabe que no estamos preparados para una pandemia global. Sabíamos perfectamente que todo lo que hemos hecho para facilitar el tráfico globalizado del comercio facilita que los virus también viajen. Por tanto, la crisis del nuevo coronavirus no es un Cisne Negro.” A este fenómeno se le llama Elefante Negro (Black Elephant), es decir, verdades ignoradas -o que pasan inadvertidas- que son desafíos visibles para todos, pero que nadie quiere afrontar.

Ejemplos que muestran -y demuestran- por qué la pandemia del coronavirus Covid-19 no se puede calificar como Cisne Negro.

Según un reporte de  ABC News, una de las fuentes del Centro Nacional de Inteligencia Médica del Ejército de EE.UU. (NCMI) informó que, en noviembre, el NCMI compiló un informe de inteligencia donde se menciona que un nuevo coronavirus se estaba propagando en la región china de Wuhan y que representaba una seria amenaza para sus habitantes y la vida cotidiana. La fuente también indicó que dicho informe posteriormente fue expuesto múltiples veces a la Agencia de Inteligencia de la Defensa, al Estado Mayor Conjunto del Pentágono y a la Casa Blanca.

Asimismo, en septiembre del año pasado, un informe de Naciones Unidas y el Banco Mundial también avisaba del serio peligro de una pandemia que, además de cercenar vidas humanas, destruiría las economías y provocaría un caos social. Llamaba a prepararse para lo peor: una epidemia planetaria de una gripe especialmente letal transmitida por vía respiratoria. Señalaba que un germen patógeno de esas características podía tanto originarse de forma natural como ser diseñado y creado en un laboratorio, a fin de producir un arma biológica. Y hacía un llamamiento a los Estados e instituciones internacionales para que tomaran medidas a fin de conjurar lo que ya se describía como una acechanza cierta. La presidenta del grupo que firmaba el informe, Gro Harlem Brundtland, antigua primera ministra de Noruega y exdirectora de la Organización Mundial de la Salud (OMS), denunció que un brote de enfermedad a gran escala era una perspectiva tan alarmante como absolutamente realista.

Sin embargo, no era la primera vez que sonaba una alarma. Hace apenas un año, en marzo de 2019, el director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ya avisó de que “El riesgo continuo de que un nuevo virus de influenza se transmita de animales a humanos, y que potencialmente cause una pandemia, es real. La pregunta no es si tendremos otra pandemia, sino cuándo”. La posibilidad de que se produjera una pandemia estaba ampliamente extendida, tanto a nivel popular como científico.

Otro ejemplo lo hallamos en un artículo de Simon Parkin en el diario El País (27/11/2018), un año antes de la aparición de los primeros casos de Covid-19 en China, donde Simon afirmaba que epidemiólogos y profesionales de la salud de todo el mundo están de acuerdo en que, a pesar de los esfuerzos de gobiernos y organismos para prepararse para lo peor, el mundo no está preparado para un brote mundial de una enfermedad contagiosa mortal. Y añade que investigaciones recientes han demostrado que la erróneamente denominada “Gripe Española” de 1918 (transmitida por soldados norteamericanos que desembarcaron en un puerto francés), la cual mató a entre 50 y 100 millones de personas y fue la más mortal en la historia de la humanidad, tuvo su origen en las aves. Dicha gripe, en particular, mató a más personas en 24 semanas que el SIDA en 24 años.

ONU, OMS, Bill Gates… Altavoces Silenciados.

En una charla TED (Abril, 2015) y, posteriormente, en la Conferencia sobre Seguridad de Múnich (Febrero, 2017), el cofundador de Microsoft y actual copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates, Bill Gates, advirtió de que a menos que se tomen medidas drásticas de forma temprana, un brote de un patógeno que viaja, se contagia y se propaga a gran velocidad por aire «podría matar a más de 30 millones de personas en menos de un año». Por si fuera poco, en el mes de octubre del año pasado, la Fundación de Gates junto con el Foro Económico Mundial y el Centro de Seguridad Sanitaria Johns Hopkins hicieron un simulacro de cómo podía acabar una pandemia similar a la que ha terminado estallando. Las cifras fueron estremecedoras, con el 90% de la población infectada, 65 millones de muertos y 18 meses hasta encontrar una vacuna efectiva.

Por otro lado, en 2016, un equipo de especialistas en salud de EE. UU. -de la Comisión para la Creación de un Marco Global de Riesgos para la Salud para el Futuro- elaboró un extenso informe en el que concluían que se daban las condiciones para la aparición de nuevas enfermedades infecciosas: a la sobrepoblación, se sumaban la degradación ecológica (la deforestación, entre otras) que vuelve más probable el salto de los virus de animales a humanos y la intensa movilidad global que permite que los agentes infecciosos se extiendan sobre una parte significativa de la población.

Otro claro ejemplo para mostrar -y demostrar- que la pandemia del Covid-19 es un acontecimiento altamente probable es el hecho de que ya en 2011 la OMS presentó una iniciativa mundial llamada “Preparación contra la Gripe Pandémica” (PGP), un programa diseñado para detener o retrasar la pandemia de la gripe en su aparición inicial y evitar así un desastre mundial.

Adicionalmente, cada año, la compañía de seguros alemana Allianz y el World Economic Forum (WEF) publican un estudio en el que presentan los principales riesgos que empresarios, académicos y pensadores, prevén para el año siguiente. La publicación de ambos estudios para el 2020 (finales de 2019) incluían entre sus riesgos peligros relacionados con una pandemia o una propagación de enfermedades contagiosas a escala mundial. Sin olvidar que en los últimos años ya habíamos tenido varias alertas en forma de gripe porcina (2009-2010), gripe aviar (2004-2006), etc., por lo que no se trataba de un fenómeno completamente desconocido para nadie. Por lo tanto, esta crisis no fue un Cisne Negro.

Concretamente, en España, el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), dependiente del Ministerio de Defensa, ya advertía en 2014 que en los países desarrollados afectados por una pandemia, una tasa alta de infectados podría colapsar los sistemas sanitarios y provocar bajas masivas en la fuerza laboral. Incluso en la última Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 o en el Panorama de Tendencias Geopolíticas: Horizonte 2040 del IEEE de 2018, se dedican varios párrafos a la existencia de epidemias o pandemias que puedan poner en riesgo la seguridad del Estado.

Desenlace y presente.

En un informe publicado el año pasado, varios investigadores chinos concluyeron que existía una «alta probabilidad» de que la próxima pandemia del coronavirus surgiera en China (!). Y así ocurrió: El brote de una enfermedad nueva que apareció en noviembre de 2019 en la zona de Wuhan, en pocas semanas se volvió epidemia y la epidemia escaló hasta convertirse en pandemia. Se trata de la segunda del siglo XXI, a una década de la pandemia de gripe A (H1N1) que golpeó en 2009-2010.

En definitiva, las tres metáforas de lo imprevisto como la del Cisne Negro, el Rinoceronte Gris o el Elefante Negro, hacen referencia a fenómenos que no acabamos de comprender -o no queremos-  en su totalidad. La causa de esta incomprensión puede hallarse en sesgos cognitivos o en la falta de voluntad, pero si suceden, tienen una alta repercusión y un coste significativo.

Finalmente, en relación a todos los indicios anteriormente expuestos, donde todos los informes de expertos en prospectiva occidentales ya alertaban de que el riesgo de una pandemia era alto y debíamos prepararnos para ello, ¿podría la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus catalogarse como Cisne Negro? La respuesta es no ya que se trata de un evento de alta probabilidad, pues había suficientes señales de que, de un momento a otro, esto se podía materializar. Pero tal y como afirma Nassim N. Taleb: “El problema no es la magnitud de nuestros errores de predicción, sino la falta de consciencia que tenemos de ellos”.

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