Decía Nietszche “La prisa es un mal universal porque todo el mundo huye de sí mismo”. La paradoja es que, tratándose de un aforismo creado hace más de cien años, aún mantenga intacta su vigencia.

Huimos de alguien que no sabemos quién es y la excusa perfecta para ello es mantenernos en perfecto ritmo y velocidad. Nos atiborramos de datos, de ruidos, de voces, de personas, de eventos, de todo y de un poco más, para silenciar nuestra propia voz interior. Convertimos a la prisa en nuestra zona de comodidad y en nuestro motor para avanzar hacia algún lado; pero en esa aventura nos dejó de importar hacia dónde vamos, con qué y para qué. ¿Tiene sentido?

Podemos renunciar al autoconocimiento. No es obligatorio. De hecho, muchas personas han transcurrido su ciclo vital completo sin siquiera haberse espiado un poco. El autoconocimiento es inútil cuando no hay algo genuino que nos movilice a ello. Quiero decir, si nos definimos como “impulsivos” y comenzamos un proceso de autoconocimiento al sólo efecto de confirmar la sospecha, es que no hemos entendido nada.

El autoconocimiento no es un fin en sí mismo.

Si no estamos dispuestos a hacer nada con lo que descubrimos (por ejemplo, entender por qué somos impulsivos), para mejorar o cambiar, entonces nada tiene sentido tampoco. No somos sólo un nombre, un número de documento y un ADN. Contamos con una vida interior apoyada en sensaciones, pensamientos, creencias, emociones, afectos, sueños e intuiciones intransferibles; una vida interior con aspectos que solemos negar, esconder o rechazar.

A propósito de ello, la novela de Robert Fisher “El Caballero de la Armadura Oxidada” -tan breve como maravillosa- cuenta la historia de un hombre que para defender sus ideales se había construido una armadura. Eso le protegía de sus enemigos, pero también los aislaba de sus seres queridos. Tiempo después, sólo, atrapado en la armadura y sin más opciones, emprende un viaje hacia el único mago que podría liberarlo. Lo que no sabía el caballero era que, en realidad, estaba a punto de comenzar un viaje al fondo de sí mismo; sin saberlo, él sería el único responsable de “encontrarse” para liberarse de la armadura.

Uno de los pasajes del libro dice: Había llevado la armadura durante tanto tiempo que había olvidado cómo se sentían las cosas sin ella”. 

La armadura, claro, simboliza nuestras máscaras. Son las que usamos para obtener un lugar de privilegio en esta sociedad tan exitista y son las que colaboran para alejarnos de nuestro yo auténticoy de nuestra vida interior. Es que tanto protagonismo y poder les damos que, al final, creemos que “somos así” y que no hay más.

En esa carrera contra la autenticidad nos la pasamos persiguiendo “zanahorias” que tienen que ver con esa publicidad exitista de la que hablábamos: “serás exitoso si tienes y/o haces tal o cual cosa”. Ya sabemos que cumplir con una meta material o con la expectativa del otro nos da cierta satisfacción; pero también sabemos que es una satisfacción vacía y breve. Al poco tiempo ya queremos otras cosas, queremos más. Y así el bucle de siempre…

Ocurre que las “zanahorias” no están conectadas a nuestro yo auténtico, sino a nuestro ego. Cuando dejamos que él se ocupe, no hacemos más que hacer sin importar el Ser. Y eso nos lleva tantas veces a experimentar vacío, frustración, angustia, tristeza y sabor a poco.

Conocernos significa liberarnos de las máscaras del ego.

Significa abrir el alma y el pensamiento a nuevos desafíos, a nuevos posibilidades, a nuevos recursos personales, a nuevas maneras de sentir y de pensar. Es aprender a hacer desde el Ser. Conocernos mejor rompe con las limitaciones, con las barreras del miedo y libera el potencial personal, único y propio.

Al adentrarnos en nuestro mundo interior, poco a poco aprendemos a accionar en vez de reaccionar; a lograr en vez de conseguir; a escuchar en vez de oír; a Ser en vez de parecer.

Tal vez por esos motivos, cada vez son más las personas que deciden bajarse del mundo exitista para conocerse mejor. Cada vez son más los profesionales que buscan distintas herramientas para promover y facilitar el autoconocimiento y el cambio real en los procesos de desarrollo personal como el coaching, la psicoterapia, la educación, etc.

El autoconocimiento es la única aventura a través de la cual es posible una transformación real y sostenible.

Es el único proceso que, además, nos convierte en instrumento de conocimiento y transformación de otras personas en cualquier entorno.

El cambio empieza por uno mismo, siempre.