Coaching y Neurociencia.

El cerebro es el órgano que nos confiere nuestros atributos esenciales como seres humanos; es indispensable para el ejercicio de funciones como la consciencia, la percepción, la cognición y el aprendizaje.

Efectivamente, todos nuestros pensamientos, actitudes, patrones emocionales y creencias no son otra cosa que conjuntos de sinapsis (conexiones entre neuronas) o redes neuronales que se han ido conformando con el paso del tiempo. Todas esas rutas o circuitos neuronales se desempeñan en conjunto para realizar cada actividad y se van reforzando a medida que repetimos una acción. Por ello, entre otras cosas, nos cuesta tanto cambiar un hábito.

Ciertamente, para poder hacer cambios en nuestra vida, para incorporar un nuevo hábito o para hacer las cosas más eficientemente, necesitamos crear nuevas conexiones neuronales en nuestro cerebro y gracias a los descubrimientos de la neurociencia, sabemos que ese cambio es posible y es lo que han definido como neuroplasticidad.

Ahora bien, una vez comprendemos estas pautas de funcionamiento del cerebro, nos es más fácil entender por qué el coaching basado en la neurociencia constituye una herramienta tan efectiva para la gestión del cambio personal.

Veamos qué sucede en nuestro cerebro cuando aprendemos algo nuevo.

Cuando aprendemos algo nuevo -por ejemplo- cuando nos compramos un nuevo móvil, prestamos atención, nos concentramos en encontrar todas funciones las posibilidades y para ello usamos el córtex prefrontal del cerebro (el área de la cognición). No obstante, una vez que el aprendizaje se ha incorporado pasa a la parte límbica del cerebro y es desde donde lo aprendido se vuelve un proceso más rutinario, más “automático”. Esto es sumamente positivo, pues nos permite ahorrar energía que podemos utilizar en otras cosas.

Decimos que nos permite ahorrar energía porque cada acto que llevamos a cabo precisa la toma de una decisión previa que por lo general realizamos de manera inconsciente a través de esas rutinas o hábitos aprendidos. Cuando hacemos algo por costumbre -bueno o malo, nos sentimos bien y nos alegramos ya que nuestro cerebro produce dopamina (la hormona de la felicidad) y este sentimiento de bienestar nos lleva a querer repetir la acción, para encontrarnos nuevamente con esa recompensa.

Ahora bien, como hemos dicho, de la misma forma que pueden existir muchas rutinas que siguen siendo útiles, pueden existir otras tantas que se han vuelto disfuncionales y algunas otras que se han vuelto dañinas con el tiempo.

¿Cómo puede un hábito saludable volverse dañino? Por ejemplo, tener una alimentación que incluya el gluten es normal y saludable en una dieta equilibrada, sin embargo para alguien a quien le detectan celiaquía es un hábito que necesita abandonar inmediatamente.

¿Cómo puede un hábito volverse disfuncional? Por ejemplo, es normal ir en coche a la oficina situada en un lugar inhóspito o de difícil acceso; sin embargo, dejaría de serlo si la oficina se muda a un sitio al que podría llegar andando rápidamente.

En cualquiera de las formas, mantener esas rutinas “a pesar de”, tienen un coste para nosotros; sin embargo, la mayoría de las veces, nos resulta difícil dimensionar objetivamente tal situación y tomar consciencia de ello para revertirlo o eliminarlo.

Y respecto a ello, pensemos: ¿cuántas veces nos hemos preguntado por qué no conseguimos alcanzar nuestro objetivo -sea cual sea- desde conseguir una dieta saludable o dejar de fumar, hasta terminar la carrera o poner un negocio propio?

Veamos. Cada uno de esos objetivos plantea cambios de hábitos. Si vamos a dejar de fumar, ya sabemos que tendremos que prescindir del tabaco en momentos claves en los que estábamos acostumbrados a encender un cigarro, por ejemplo, mientras tomamos café o luego de comer. Por otra parte, si queremos poner un negocio porque estamos “quemados” de trabajar para alguien más, sabemos que tendremos que afrontar un montón de desafíos solos y tal vez restringir tiempos dedicados a la familia o al ocio.

Ahora bien, todo lo planteado suena restrictivo, supone una lucha. Y así, cualquier cambio es complicado, pues pareciera que todo el esfuerzo lo concentramos en la conducta de evitación más que en la motivación para el cambio.

Curiosamente, Judson Brewer, un psiquiatra estadounidense especialista en adicciones, plantea lo positivo de desarrollar la curiosidad consciente en todas las rutinas. ¿Qué quiere decir esto? En cierta forma, nos invita a no luchar contra el hábito que queremos cambiar o abandonar, sino prestar atención a él, comprenderlo, saberlo mejor, más profundamente, experimentarlo visceral y conscientemente con curiosidad.

Cuando desarrollamos esa curiosidad consciente, nos desencantamos y, en muchos casos, simplemente lo dejamos ir. Justamente porque somos capaces de dimensionar cómo, en qué, por qué y cuánto nos está afectando. Esa curiosidad, esa atención y esa consciencia, también son necesarias para conectarnos positivamente con el nuevo hábito que queremos y/o necesitamos implantar.

Cambiar de hábitos, librarnos de algunos o incorporar nuevos, como hemos visto, no es tarea fácil, pero es posible.

Por ello, para ayudar a las personas, individualmente o en grupos, a que gestionar el cambio consciente y responsable, es fundamental basar cualquier proceso de desarrollo personal como el coaching, en el conocimiento de los aportes de las neurociencias.